
Nuevo duelo interpretativo de mano del director inglés Richard Eyre, a quién parece gustarle ver combates entre dos grandes actrices para ver quién gana. Mas bien le gusta ver si alguien puede con la inmensa Judy Dench, toda una devoradora de buenos papeles.
Pero esta idea no queda hueca sino que Eyre recurre a unos excelentes guiones, en esta ocasión encontramos a Patrick Marver, escritor y guionista de la obra de teatro Closer.
Como ya he dicho, Judy Dench, increíble, soberbia, con una mirada tan poderosa como la del mejor Jack Nicholson. Pero su partenier, Cate Blanchett (como anteriormente fue Kate Winslet en Iris, film anterior de Eyre), no se queda nada lejos de Dench en el nivel interpretativo. Blanchett borda el papel de Sheba, esa mujer tremendamente liberal pero encerrada en un mundo que ella no planeó. Sheba encontrará su salida en el menos indicado, el joven Steven Connolly ( Andrew Simpson, futura promesa), el tierno adolescente, la manzana del pecado. Y si no es fácil ya llegar a buen puerto, a Sheba se le entrometera Barbara Covett (Dench) , una mujer sola, que necesita, como el aire, una "amiga". Todo un cóctel narrativo llevado magníficamente en manos de Eyre. Las pasiones humanas llevados a un máximo exponente.
Bien se le puede tachar a Eyre de moderado, pero en realidad, el espectador ya sabe completar por sí solo lo que el director no nos enseña. Aunque es cierto que me sorprende el poco escándalo que ha suscitado el filme, que retrata la relación de una adulta con un niño de 15 años, cuando el mundo montó en cólera al ver a Nicole Kidman meterse en una bañera con un menor en Birth (Reencarnación).
Diario de un Escándalo es ágil, contando los puntos esenciales, sin detenerse, tal vez va demasiado deprisa pero eso ayuda a no caer en el aburrimiento, aunque por otro lado también provoque una cierta falta de conexión personaje-espectador. También hay que decir que la música es bastante molesta por su abundancia y barroquismo, algo más íntimo hubiera sido más eficaz.
Con todo, el tercer filme para cine de Richard Eyre resulta ser tremendamente intenso (posiblemente por su brevedad), y consigue su exacto punto de dramatismo. Desdibuja todo personaje moralmente para así acabar sintiendo pena por todos ellos. Aquí no hay buenos y malos, solo hay víctimas de la pasión.
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